Duelo complicado

El duelo no debe ser considerado una enfermedad, sino una respuesta emocional a algo tan natural como es la muerte o abandono de un ser querido. El duelo contiene procesos o etapas que han sido objeto de numerosos estudios. Estos modelos no deben ser asimilados de forma rígida, sino más bien como marco de referencia. El duelo común presenta una gran variabilidad interpersonal y no debe confundirse con el duelo complicado.

Hasta ahora, el duelo aparecía codificado en el manual diagnóstico DSM-IV como una entidad susceptible de recibir atención clínica. Además, establecía un diagnóstico diferencial para la depresión mayor y el duelo, que excluía el diagnóstico de depresión en los casos donde la persona estaba atravesando también un duelo y habían pasado menos de dos meses desde el fallecimiento o abandono del ser querido. La nueva edición del manual diagnóstica, el DSM-V. retira esa exclusión, por lo que parece que se abandona el intento de definir y establecer un diagnóstico diferencial con respecto a otras entidades o trastornos.

Existen varias formas de duelo complicado. Una de las clasificaciones que más consenso ha adquirido establece cuatro subtipos:

  • Duelo crónico. Pasa el tiempo y la persona no se adapta a la nueva situación y continua manifestando dolor intenso, angustia o la ansiedad ante pérdida.
  • Duelo retrasado o pospuesto. Tras la pérdida la persona, por diferentes motivos, pospone parcial o totalmente su reacción emocional. Pasado un tiempo, vuelve a experimentar una fuerte carga emocional ante algún acontecimiento que reabre la herida.
  • Duelo exacerbado. La persona se siente desbordada de dolor y trata de evadirse mediante ciertas conductas de evitación, como consumo excesivo de alcohol o drogas, centrarse obsesivamente en el trabajo, en salir o en cualquier conducta que le permita sobrellevar el dolor, lo cual puede llevar, en última instancia, a desarrollar algún trastorno psicopatológico, como problemas de ansiedad o depresión.
  • Duelo enmascarado. La persona manifiesta cambios conductuales, cognitivos o emocionales sin relación consciente con el duelo. Por ejemplo, puede experimentar síntomas físicos similares a los del fallecido antes de morir o desarrollar problemas psicopatológicos (ansiedad, trastornos alimentarios, etc.), sin ser consciente de que su malestar se relaciona con el duelo no resuelto.

 

Síntomas

El duelo patológico o complicado presenta manifestaciones clínicas conocidas, que con frecuencia son amplificaciones o distorsiones de reacciones emocionales a la pérdida. Algunos de estos signos en el/la doliente son:

  • Experimenta un intenso dolor ante cualquier referencia a la pérdida.
  • Reacciona emocionalmente de manera sobredimensionada ante acontecimientos de escasa importancia.
  • Presenta dificultades para desprenderse de objetos pertenecientes a la persona fallecida.
  • Desarrolla síntomas fisiológicos o somáticos parecidos a los que experimentaba el fallecido antes de la muerte.
  • Dificultades para relacionarse con familia, amigos y/o reticencias para desarrollar actividades asociadas con el fallecido.
  • Presenta un estado anímico decaído, abatimiento, culpa y/o baja autoestima
  • Comienza a imitar a la persona fallecida, compensando la pérdida a través de su identificación con la persona fallecida.
  • Reacciones fóbicas respecto a la enfermedad o motivo de defunción y/o tanatofobia (miedo exacerbado a la muerte).

 

¿Cómo orientamos el tratamiento del duelo?

El tratamiento tiene como objeto mitigar los estados de angustia, tristeza o ansiedad asociados a la pérdida. Cada persona asumirá un ritmo y forma personal y cada caso debe ser abordado sus propias particularidades con flexibilidad. Generalmente, el tratamiento plantea una serie de metas:

  • Facilitar la expresión emocional, sentimientos inhibidos y el relato de la historia de vida compartida. 
  • Explorar y analizar las implicaciones de la pérdida en ámbito afectivo, familiar, social, etc.
  • Prevenir el aislamiento social y fomentar actividades gratificantes.
  • Facilitar la resolución de dificultades cotidianas y la readaptación a la nueva realidad.
  • Facilitar la proyección gradual de la persona hacia el futuro.
 

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